No hay mayorías

Siempre he pensado que una de las cosas que faltaron a la hora de reglamentar esta democracia nuestra fue la figura de segunda vuelta.

¿Qué es esto?

Sencillo, si un candidato no gana con el 50% de los votos mas uno, se realiza una nueva elección en la cual sólo compiten los dos candidatos que hayan tenido mayoría de votos.

Supongamos que el candidato A logra el 38% de los votos, el B el 25%, el C apenas un 19% y el D un 5%: en este caso la segunda vuelta se llevaría a cabo entre A y B; el que gana se le declara presidente electo.

Traigo esto a colación por la sencilla razón de que, tal como ocurrió el sexenio pasado, gane quien gane la elección presidencial de 2012 no lo hará con una clara mayoría cosa que, como ya hemos visto, hace que el simple hecho de gobernar sea una auténtica lucha.

El próximo presidente(a) (sin importar de que partido provenga) no va a ganar por una clara ventaja ya que más de la mitad de electorado lo habrá hecho por otra opción.

Esta situación hace que el ejecutivo sufra casi desde el primer día de gestión una crítica desmedida que sólo hace más difícil la labor de un puesto que, ya por tradición, es atacado ante la menor causa.

Adaptándonos a la realidad, en la que no hay una segunda vuelta, el próximo presidente se tiene que adaptar: llegar al puesto con ese hándicap obliga al ejecutivo a ser más incluyente, a negociar y pactar con la oposición (que seguramente también será muy ruda desde del poder legislativo) para así generar algo de credibilidad y facilitar la gobernabilidad.

Sea quien sea el próximo presidente de la república se va a enfrentar a un país sumamente dividido, en lo que a ideas se trata, por lo que está obligado a ser incluyente, a escuchar a todos y, por supuesto, a gobernar para todos.

Una de las máximas de la política dice que no se gana todo ni se pierde todo, y dentro de tres años volveremos a estar en estos temas: más vale que el próximo, aunque suene a cliché, sea presidente de TODOS los mexicanos.

Foto: Erasmo Perez via photo pin cc